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  • Diego R. Cáceres

El efecto Lucifer: El porqué de la maldad





“La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor"

Aristóteles


XII. La Prisión de Standford


El experimento de la prisión de Stanford, fue un experimento psicológico realizado en el campus de la Universidad de Stanford en agosto de 1971, por el Dr. PHILIP ZIMBARDO, quien lo describe en detalle en su internacionalmente famoso libro “El Efecto Lucifer: el porqué de la maldad”. Para mayores detalles sobre el experimento les pueden visitar su página web https://www.prisonexp.org


El Dr. Zimbardo es un eminente psicólogo social que ha publicado más de 300 investigaciones científicas y decenas de libros, fue presidente de la Asociación Norteamericana de Psicología (APA) en el año 2002 y, fue un consultor experto en los famosos juicios de la prisión iraquí de Abu Ghraib durante los años 2003-2004. Actualmente, desde el año 2010, fundó el Proyecto de Imaginación Heroica, la cual es una organización que estudia y alienta el heroísmo en nuestra vida cotidiana.

De la misma manera en que trabajamos con el experimento del Dr. Milgram, haremos un detallado análisis de las conclusiones a las que llegó el Dr. Zimbardo y menos énfasis en los aspectos anecdóticos del experimento.


1. El Experimento


En el experimento de la prisión de Stanford se intentó simular la vida dentro de una prisión carcelaria. A través de los años ha sido motivo de miles de publicaciones científicas y se han creado tres películas replicando dicho experimento: Das Experiment (2001), The Experiment (2010), The Stanford Prison Experiment (2015). En su versión original, el experimento consistía en lo siguiente:


Veinticuatro sujetos fueron seleccionados de un grupo inicial de 75 encuestados de un anuncio en el periódico que había pedido voluntarios varones para participar en un estudio psicológico de la vida en la prisión. Los voluntarios completaron un cuestionario y una entrevista diseñados para evaluar a los sujetos, y las personas seleccionadas fueron descriptas como estudiantes universitarios masculinos “normales”, sanos, predominantemente de clase media y blancos.

La prisión simulada fue creada en el sótano del Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford. Estaba formado por tres celdas (cada una de 6 pies x 9 pies) con tres prisioneros por celda. Un armario de escobas (2 pies x 2 pies x 7 pies) se convirtió en una ‘sala de confinamiento solitario’. Varias habitaciones en un ala adyacente del edificio se utilizaron como salas de guardias, salas de entrevistas y un dormitorio para el ‘alcalde’ (Zimbardo). También había una pequeña habitación cerrada que se usaba como ‘patio de prisión’ en la que había una ventana de observación detrás de la cual había equipos de video y espacio para varios observadores.

Los sujetos fueron asignados aleatoriamente a sus roles de “prisionero” o “guardia”, y firmaron contratos sobre esa base. El contrato ofrecía U$D 15 por día y garantizaba las necesidades básicas de vida, aunque se hizo explícito a los prisioneros que algunos derechos civiles básicos (por ejemplo, la privacidad) serían suspendidos. A los prisioneros no se les dio información sobre qué esperar ni instrucciones sobre cómo comportarse. A los guardias se les dijo que ‘mantuvieran el grado razonable de orden dentro de la prisión necesario para su funcionamiento efectivo’, aunque se les prohibió explícitamente usar agresión física.

Los sujetos prisioneros permanecieron en la prisión simulada las 24 horas del día durante el estudio. Nueve fueron asignados arbitrariamente tres a cada celda, y los tres restantes estaban en espera en casa. Los sujetos ‘guardianes’ trabajaron en turnos de ocho hombres y tres horas, y se fueron a casa después de sus turnos.

Ambos conjuntos de sujetos recibieron uniformes para promover sentimientos de anonimato. El uniforme de los guardias (camisa y pantalón caqui lisos, silbato, porra y lentes de sol reflectantes) tenía la intención de transmitir una actitud militar y dar símbolos de poder. El uniforme de los prisioneros (bata holgada, número en la parte delantera y trasera, sin ropa interior, cadena ligera y cierre alrededor del tobillo, sandalias de goma y una gorra hecha de medias de nylon) tenía la intención de ser incómodo, humillante y crear símbolos de servilismo y dependencia. (Haney, Banks, & Zimbardo, 1996, p.45-46)


Cuando empezamos el experimento teníamos una muestra de personas representativas de la población normal de jóvenes con estudios que no destacaban en ninguna de las dimensiones medidas. Los que fueron asignados al azar al grupo de los «reclusos» eran indistinguibles de los que fueron asignados al grupo de «carceleros». Ninguno presentaba antecedentes delictivos, problemas emocionales o físicos, o carencias intelectuales o sociales que permitieran distinguir a los reclusos de los carceleros o del resto de la sociedad. (Zimbardo, 2007, p.196)


Un punto importante a destacar es que los 24 voluntarios fueron examinados previamente para descartar algún tipo de cuadro psicopatológico. Específicamente, aclara en su libro que se evaluó antecedentes de conductas antisocial, delictiva y violencia. Por lo tanto, todos los participantes del experimento NO PRESENTABAN enfermedades psicológicas o psiquiátricas antes del experimento, encontrándose en condiciones “normales” al momento de las evaluaciones. Este punto es importante por cuanto ya no estamos delante del tipo de personalidades previamente descriptas en este libro, sino de personas “normales y sanas” en términos psicológicos.


2. Resultados del Experimento


El Dr. Zimbardo explica que, si bien el experimento estuvo planificado para durar unas dos semanas, luego de seis días, se tuvo que interrumpir prematuramente el mismo, debido a que la situación estaba afectando gravemente a los participantes, mostrando signos de depresión, estrés, etc. Al respecto, el autor nos detalla lo siguiente:


El hecho de que sufrieran una pérdida de su identidad personal, de que su conducta se viera sometida a un control continuo y arbitrario, de que se les privara de sueño y de intimidad, generó en ellos un síndrome caracterizado por la pasividad, la dependencia y la depresión muy parecido al fenómeno conocido como «indefensión aprendida». (La indefensión aprendida es el estado de resignación pasiva y depresión que surge tras unos fracasos o castigos continuos, sobre todo si estos fracasos y castigos parecen arbitrarios y no dependen de los propios actos.)

La mitad de los estudiantes que hicieron de reclusos tuvieron que ser liberados antes de hora por sufrir unos trastornos graves de carácter emocional y cognitivo que, aunque fueron pasajeros, tuvieron una gran intensidad. En general, la mayoría de los que continuaron desarrollaron una obediencia ciega a las órdenes de los carceleros, y la abulia con que se sometían a su poder cada vez más caprichoso les daba el aspecto de unos «zombis». (Zimbardo, 2007, p.196)


Como era de esperar después de todo lo que habíamos visto, los reclusos comunicaron tres veces más estados de ánimo negativos que positivos y en general expresaron mucha más negatividad que los carceleros. Por su parte, los carceleros comunicaron unos estados de ánimo un poco más negativos que positivos. Otra diferencia interesante entre los dos grupos es la mayor fluctuación de los estados de ánimo de los reclusos. A lo largo del estudio la variación de su estado de ánimo fue de dos a tres veces mayor que la de los carceleros, cuyo estado de ánimo fue relativamente estable. En la dimensión actividad-pasividad, los reclusos tendían a puntuar el doble que los carceleros, lo que indica que se sentían mucho más «agitados» que ellos. Aunque la experiencia de la prisión tuvo un impacto emocional negativo tanto en los carceleros como en los reclusos, los efectos adversos en los reclusos fueron más amplios y profundos. (Zimbardo, 2007, p.200-201)


Como resultado, los reclusos desarrollaron un cuadro denominado “indefensión aprendida”, caracterizada por síntomas de pasividad, dependencia, depresión y abulia que, si bien, no dejaron secuelas permanentes en ellos, les generaron graves trastornos emocionales y cognitivos de gran intensidad.


Terminado el experimento los participantes fueron evaluados nuevamente donde los reclusos demostraron 3 veces más estados de ánimo más negativo que positivo, mientras que el de los carceleros fue levemente superior. También la fluctuación emocional fue 2 o 3 veces mayor de los reclusos respecto de los carceleros, mostrando estos últimos una mayor estabilidad emocional. También el autor remarca que, si bien para todos los participantes el impacto emocional fue más negativo que positivo, para los reclusos fue más amplio y profundo.



Tomado del Capítulo XII del Libro "Psicología del Mal", Dunken 2021, p.245-249.

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